¿Por qué odio Instagram?

¿Por qué odio Instagram?

Por Sol Di Vito / Maleva

Yo borré Instagram y soy más feliz”, me confesó alguna vez una amiga sin pudor ni arrepentimiento. En su momento, no lo cuestioné ni dudé, no era ninguna novedad que, a veces, las redes sociales son nocivas. Tiempo después, decidí hacer el experimento.

La realidad es clara. Ningún extremo es bueno ni saludable, una amplia gama de grises siempre supera la dicotomía blanco/negro y ese tal “demasiado” es a veces desestimado. Demasiado chocolate, demasiado gimnasio u, hoy más que nunca, demasiado Instagram. Tóxica como toda red social cuyo uso se les va de la mano a más de uno, Instagram es tanto un alimento como una droga. Alimento como toda plataforma de exposición que permite no solo compartir trabajos y talentos pero a su vez adquirir conocimientos, mantenernos informados, inspirarnos y acercarnos a nuestros ídolos, así como a nuestros conocidos. Droga en tanto es algo que en exceso nos puede ser perjudicial, pero de todas formas no podemos alejarnos.

Sí, es cierto que cada uno le otorga una función especial a su forma de utilizar esta red social, y es por eso que muchos no se ven afectados por sus “efectos secundarios”. Otros, por el contrario, los sufren por diferentes motivos, en diferentes formas y diferentes intensidades. Más allá del mero vicio de “scrollear” hacia abajo sin sentido por horas – razón por la cual ya hay quienes también borran la aplicación, para utilizar su tiempo en cosas “más importantes”-, el problema es quizás más profundo.

Instagram tiene una sola lógica: la visual. Valiosa para los artistas, fotógrafos y creadores de contenido, pero no tanto para las personas, compuestas por algo más que solo imágenes. Desestimando el texto, descontextualiza, deshumaniza y apela a una de nuestras principales tentaciones: la comparación. La inmediatez de las historias es cada día más falsa. Cuenta la leyenda, antes no curábamos tanto el contenido en nuestros perfiles pero hoy, incluso una imagen de 15 segundos con una vida de no más de 24 horas tiene atrás un proceso de selección que elimina la espontaneidad y veracidad, mostrando solo lo que elegimos mostrar. En este mundo virtual donde todos se muestran felices, sociables, lindos y exitosos, no es sorpresa que eso canse. A veces es tan simple como dejar de seguir una cuenta pero, ¿y si esas personas son nuestros amigos o nosotros mismos? En esta era 2.0 donde Narciso no se refleja en el agua pero si en una selfie, la verdad es que publicamos una sola parte de nuestras vidas.

Y ni hablemos de su impacto en las relaciones personales. Un tema que merece una nota aparte pero que se puede resumir fácilmente con las frases que hoy en día se escuchan salir de la boca de cualquier adolescente hablando de sus relaciones: “Me «likeó» la foto”, “no me miró la historia” o “me la miró pero no me responde”. Obsesivo, pero cierto. La posibilidad de saber qué hace el otro, todo el tiempo y a toda hora, saca a la luz lo peor de nosotros. Estar pendiente del otro puede hacer que nos descuidemos a nosotros mismos.

En mi experimento, que ya repetí y pretendo seguir haciendo, borré la aplicación por un fin de semana. Sin presiones sociales de tener que comunicar lo “buena” que es mi vida, sin saber qué hace el otro a menos que este me hable y me lo cuente, sin perder tiempo en vidas ajenas. No, en verdad es exagerado decir que odio Instagram. Sí, odio cómo lo consumimos. Creo necesario remarcar la importancia que es ponerlo en su lugar, contextualizarlo y entender que en este no se resumen íntegramente las vidas de las personas, que hay un lado B por cada arroba. Y, cuando no se pueda y si uno es curioso como yo, desafío a borrarlo, aunque sea por un rato, y ver qué pasa.

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